ANDRÉ GIDE - EL INMORALISTA

ANDRÉ GIDE – EL INMORALISTA


PREFACIO

    Doy este libro por lo que vale. Es un fruto lleno de ceniza amarga; se asemeja a las coloquíntidas del desierto que crecen en los lugares calcinados y no brindan a la sed sino una quemazón más atroz, pero que, sobre la arena de oro, no carecen de belleza.

    Si yo hubiera propuesto a mi héroe como ejemplo, fuerza sería reconocer que lo habría hecho muy mal; los pocos que tuvieron a bien interesarse por la aventura de Michel lo hicieron para infamarlo con toda la fuerza de su bondad. No en vano había yo adornado de tantas virtudes a Marceline; no se le perdonaba a Michel que no la prefiriera a sí mismo.

    Si hubiera presentado este libro como un acta de acusación contra Michel, apenas lo hubiera hecho mejor, porque nadie me habría agradecido la indignación que en él dejaba traslucir contra mi héroe. Al parecer, dicha indignación se traslucía a mi pesar; desbordada de Michel sobre mí. Poco faltó para que pretendieran identificarme con él.

    Pero no he querido hacer de este libro ni un acta de acusación ni una apología, y me he abstenido de juzgar. Hoy el público ya no perdona que, respecto al cuadro que pinta, el autor no se declare a favor o en contra; más aún, querría que, en el transcurso mismo del drama, tomara partido, que se pronunciara claramente ya a favor de Alcestes, ya de Filinto, de Hamlet o de Ofelia, de Fausto o de Margarita, de Adán o de Jehová. No pretendo, desde luego, que la neutralidad (iba a decir la indecisión) sea claro signo de un gran talento, pero sí creo que numerosos grandes talentos han sido muy reacios a… sacar conclusiones, y que plantear con claridad un problema no significa darlo por resuelto de antemano.

    Si empleo aquí la palabra «problema» lo hago a regañadientes. A decir verdad, en arte no existen problemas… cuya solución suficiente no sea la obra de arte.

    Si por «problema» se entiende «drama», yo diría que el que este libro relata, no por presentarse en el alma misma de mi héroe, deja de ser harto general como para quedar circunscrito a su singular aventura. No tengo la pretensión de haber inventado este «problema». Existía antes que mi libro: triunfe Michel o sucumba, el «problema» continúa existiendo y el autor no propone como alcanzados ni el triunfo ni la derrota.

    Si algunos espíritus distinguidos no han querido ver en este drama más que la exposición de un caso extraño, y en su héroe solo a un enfermo; si no han querido reconocer que, sin embargo, pueden habitarlo algunas ideas más que apremiantes y de interés muy general, la culpa no es de esas ideas o de este drama, sino del autor; quiero decir de su torpeza, pese a que en este libro haya puesto toda su pasión, todas sus lágrimas y todo su cuidado. Pero el interés real de una obra y el que el público de un día le dedica son cosas muy diferentes. Creo que, sin un exceso de fatuidad, se puede preferir el riesgo de no interesar el primer día –con cosas interesantes– al hecho de apasionar sin un mañana a un público ansioso de simplezas.

    Por lo demás, no he tratado de probar nada, sino de pintar bien e iluminar bien mi pintura.



     André Gide nació el 22 de noviembre de 1869. Su madre era católica y normanda, y su padre, protestante de Uzès, profesor de derecho, murió cuando él tenía once años. Estudios mediocres en la escuela alsaciana; un largo viaje por África del Norte, con P. A. Laurens, en 1893. El 8 de octubre de 1895, al día siguiente de la muerte de su madre, se casa con su prima Madeleine Rondeaux. En 1908 funda la “Nouvelle Revue Francaise”. En el periodo de entre guerras viaja por África y Rusia. Premio nobel en 1947. Murió en parís el 19 de febrero de 1951.

     Su obra sobria y desnuda, más próxima al ensayo que a la novela, hizo de él uno de los grandes directores de conciencia de la Europa de los años veinte. Inquieto y originar buceador de sí mismo, busca realizarse según los esquemas del inmoralismo y la confidencia más cínicos y desgarrados. La presencia de su vida amarga y desengañada es constante no sólo en los relatos autobiográficos (Diarios), sino también en los estrictamente novelescos (Los monederos falsos, La puerta estrecha, Los alimentos terrestres).

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